El artista Néstor Arias marca sus cuadros como “Valencia”, su segundo apellido. Con gran experticia busca sus pinceles, apronta el lienzo y con una gama de colores que sabe combinar con un cromatismo excepcional se pone a realizar sus obras, entre las que se cuentan unas cientas de ellas.
Por: Cristian F. Ramírez Giraldo
Estudiante de Historia para ORIENTESE.co
Bajo de estatura, con un pelo y una barba que resaltan el color blanco que da el conocimiento y lo mucho andado, el pintor Arias se instala en su taller con la paciencia del asceta y se dispone a plasmar, sobre esa tela que lo inmortalizará, los primeros trazos de colores. Ve muy cerca una olleta antigua que hace parte de su colección particular y la ubica a poca distancia del cuadro, desde donde pueda ser observada gracias a una luz artificial instalada en su mismo taller.
A partir de allí, todo se vuelve magia y poesía. Las frutas, compradas en cualquier centro de abasto, adquieren en su mano y bajo su mirada otra connotación que no le da el simple transeúnte. Más que un maestro del impresionismo artístico se define como un realista práctico, “resaltando las cualidades de las cosas cotidianas”. Las manzanas de sus bodegones no sabrán nunca lo que es la podredumbre, ni los bananos sabrán lo que es ponerse negros.
Esa captura de la luz y del instante, cual si fuese una cámara fotográfica, retratan un no sé qué especial que sólo le puede imprimir su mirada de artista y que conmueve las fibras de cualquier observador, sin importar si es entendido o no en la materia.
Hijo natural de Sonsón, emprendió desde muy joven el camino hacia la capital del país, al igual que esos hombres errantes de su tierra que fueron los pioneros de la colonización antioqueña y de esa grandiosa casta de fundadores. Sin embargo, en Bogotá no iría a colonizar nada como sus ancestros, sino que iba a conquistar (esa es la palabra) el arte nacional con su tesón y su determinación de no seguir el camino trazado e impuesto por sus mayores.
Inició desde muy joven en la milicia. Llegando al Batallón Guardia Presidencial, no olvida dentro de sus anécdotas la vez que estuvo encargado de velar por la seguridad del entonces Presidente Guillermo León Valencia. El futuro artista se quedó en un profundo sueño del que se dio cuenta el mismísimo mandatario, el cual subió los escalones del Palacio de Nariño y, en la terraza, donde fue sorprendido el militar Arias, el Presidente le preguntó cómo se llamaba y cuáles eran sus apellidos completos. Al darse cuenta de que el apellido Valencia era común a ambos (el primero del presidente y el segundo del artista), Guillermo León Valencia no tuvo otro remedio que exponer sus leyes retóricas para nombrar sus antecesores caucanos y entablar un aprecio por el joven.
Lo que el artista creía que iba a ser un regaño y una destitución del cargo (no se merecía menos), terminó siendo una cátedra de historia de Colombia a través de sus genealogías, dictada por el mandatario. Las luces capitalinas estaban empezando a nacer mientras el sol se ocultaba y fue en ese momento que el Presidente mandó traer un café bien cargado para el joven ante la mirada recelosa de sus compañeros militares.
Esa anécdota que el maestro Arias Valencia retrata con una sonrisa en sus labios, sirve para hacer más amenas las charlas –aunque a su lado siempre lo son- y para mostrar que desde ese momento la suerte ha estado de su parte, al igual con sus cuadros, se siente agradecido que en la capital y varias partes del país hayan apreciado su obra a pesar de que Colombia sea un país en el que la pintura y la cultura en general no hacen parte de sus prioridades.
Sin embargo, varias galerías del país y museos han expuesto sus obras, y muchas de ellas se conservan en colecciones particulares. Pinta, no por lucro, sino porque le nace.
Además ha tenido relacionamiento con varios artistas nacionales e internacionales y conserva como joya de su colección un grabado a lápiz realizado por Luis Caballero. De igual manera, sus paisajes parecen salidos de ensueño, pero a su vez son tan reales que es como si uno se pudiese incluir en ellos.
El maestro Néstor Arias Valencia reside actualmente en la vereda Vargas, del municipio de El Santuario, su pequeña finca es su paraíso y el oasis donde tiene su taller. Pasa desapercibido en la calle, con una boina que le cubre las canas y con un ánimo y vigorosidad poco vista en los mortales. Pero bueno, es entendible: él, como su arte, es único y diferente… es inmortal.























































