14 AÑOS SIN EL GRAN LIDER GILBERTO ECHEVERRI MEJIA
Hoy hace 14 años, fue vilmente asesinado por las FARC en las montañas de Urrao el gran líder rionegrero Gilberto Echeverri Mejía, quien luego de una marcha que en compañía del entonces Gobernador de Antioquia Guillermo Gaviria Correa estaban realizando a Caicedo.
Un año y dos semanas estuvieron secuestrados junto a ocho militares más, desatando un movimiento nacional y hasta mundial exigiendo la liberación, hasta que en un operativo que buscaba su rescate, se presentó un enfrentamiento entre el grupo insurgente de las FARC-EP y el Ejército Nacional y son cobardemente fusilados.
Recordemos que Gilberto Echeverri era Ingeniero Electricista graduado de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín y se desempeñó como Ministro de Desarrollo, Embajador en Ecuador y director del Servicio Nacional de Aprendizaje SENA, fue Gobernador de Antioquia, Ministro de Defensa y Asesor de paz de Guillermo Gaviria.
Como homenaje a sus 14 años, compartimos este artículo escrito por su amigo Jaime Jaramillo Panesso, un día después de su deceso, el 6 de mayo de 2003 y publicado por el periódico el Tiempo.
EN LA MUERTE DE GILBERTO ECHEVERRI

Desabrochado en sus palabras, lúcido en sus conceptos, Gilberto Echeverri Mejía era una especie de antioqueño nacional. Conocedor de este país en sus arrugas económicas, sociales y militares, correteó por los más diversos cargos en la empresa privada y en el Estado. Se hizo ingeniero y como tal adquirió la disciplina de las matemáticas, las mismas que le sirvieron para cuantificar los problemas de la población, los presupuestos para la inversión y las finanzas para mejorar los ministerios de Desarrollo o de Defensa.
Como Gobernador de Antioquia hizo llave con los alcaldes y particularmente con el de Medellín. Hubo momentos de su administración local que hicieron brillar al departamento. Responsable en sus actos y trabajador inagotable, mantuvo en alto la consigna de ser un hombre público al servicio de la comunidad y no la comunidad al servicio del cacique o del gobernante.
Echeverri Mejía era un personaje del conversatorio amigable y cotidiano. Su risa en especial era rústica y abierta. Poseía el don del apunte gracioso y desmantelaba fácil las agresiones de sus contradictores de una manera humana, dicharachera y reforzada con la argumentación de la experiencia, su mejor conocimiento. Cuando caminaba, parecía siempre estar cubierto por zamarros en unas piernas arcadas que mostraban su pasado de jugador de pelota dura, como era también un cabeciduro en las labores que lo desvelaban en las noches de rasgos bohemios. Había que oírlo tararear bambucos y viejos tangos desteñidos en la memoria de una generación atribulada por dos guerras, la que terminó en 1953 y esta otra que cambió de siglo, pero no de signo, el signo de la hoz sin el martillo y del martillo sin la hoz.
Gilberto no descansó casi nunca. Su descanso estaba instalado en las veladas íntimas con sus hijos y amigos para urdir ideas y ponerlas en acto al día siguiente de la meditación. Y para animarlas tenía en su libreta de direcciones y teléfonos la primera fila de altos dirigentes de los partidos, del empresariado y hasta de los ex presidentes con quienes solía alternar y debatir, consultar e intercambiar chismes políticos, porque casi todos ellos preguntan por las pequeñas historias de la parroquia. También los inversionistas internacionales eran consultados por un Gilberto visionario, el mismo que participó en Repensar a Colombia, uno de los libros guía que enseña cómo se pueden forjar no solo las esquinas geográficas de Colombia, sino la misma Colombia en la esquina de América.
Cuando se hizo miembro fructífero de la Comisión Facilitadora de Paz de Antioquia, un club limitado de sufridores, limó los carramplones de sus botas imperfectas y se dio a la tarea de visitar frentes guerrilleros, cárceles grises y patios ahumados. Pero su trayectoria en esas lides de la búsqueda de la paz venía de antes. Fueron muchas las veces que alternó con comandantes de la misma agrupación que lo fusiló ayer. Lo grave de su convicción era que le daba crédito a una parte de sus aspiraciones de ellos. Y saber lo que sabemos. Pero su capacidad crítica y su formación democrática nunca le borró la impronta en defensa de la Nación y del Estado. Firme militante del liberalismo, se esforzó en aportarle la transparencia en el servicio y el rechazo a cualquier maniobra clientelista. Por eso no pelechó como miembro de directorios políticos.
Nadie honrará su memoria mejor que su esposa, sus hijos y sus amigos. Deja rojas cuentas de jubilado, pero no deja tachaduras en su libro de vida. Hoy debe estar riéndose de sus captores y asesinos, porque no pudieron arrancarle una arenga contra la Nación o el Gobierno. Y nosotros volveremos sobre el escritorio de trabajo a llamarlo por sus apodos que le gustaban: Ratón, comedor de libros y documentos. Periodista, porque así lo pusieron en el colegio de los jesuitas. Y lo llamaremos a lista como Gilberto, porque así lo bautizaron en Rionegro.























































