Cuando hablamos de la natación fácilmente nos remontamos a las piscinas olímpicas, las competencias y los cuerpos esbeltos de los competidores, quienes con sus gorros, gafas y sus trajes de baño, atraen una mística que asombra y hacen que dicho deporte se vea lejano y sólo para unos cuantos.
Por: Jorge Andrés Loaiza Jaramillo
Pero ¿qué pasa si esa imagen de atletas perfectos la pasamos a otro plano más terrenal y vemos la natación como un complemento de nuestro diario vivir? La natación, desde la simple práctica, ojalá guiada por un profesional, se convierte en un estilo de vida o en una actividad que impacta varias dimensiones de lo humano como la física, la emocional, la personal, la comunitaria y termina siendo un acompañante adecuado para mejorar las condiciones de vida de quien la practique.
En términos físicos y para hablar sólo de algunas generalidades, para los niños es de gran ayuda para mejorar sus condiciones coordinativas y motoras, para los más grandecitos, ayuda en reducir el impacto en nuestra columna vertebral y para la tercera edad ayuda en el mantenimiento y sostenimiento de un estilo de vida saludable.
Si hablamos de temas sociales, en la natación conoces personas, te involucras en tu proceso y en el grupo al cual pertenezcas, generas relaciones gracias a dicha práctica y valoras el acompañamiento de pares, profesores y amigos.
Psicológicamente, gracias a los beneficios físicos y sociales que te pueda generar la natación, logras integrarla como un elemento benéfico para tu vida y se puede llegar a convertir en el conector de varios escenarios positivos, de aportes saludables que se convierten en terapia, soluciones, escape o estilo de vida.
Por lo anterior y muchas cosas más, la natación se convierte en una actividad que brinda y permea muchas dimensiones de la vida de quienes la practican, las cuales generan elementos de bienestar que terminan siendo visibles para sus practicantes.

















































